No dejes de ver este tesoro

No dejes de ver este tesoro

El Dr. Jaime Banks Puertas nos recomienda leer este interesante articulo, el cual presentamos a continuación… Viene de parte de Dios, para tí..!

El Púlpito de la Capilla New Park Street
Vete a Casa:

Un sermón predicado la mañana del Domingo 21 de Diciembre, 1856 por Charles Haddon Spurgeon

En Music Hall,Royal Surrey Gardens, Londres.

«Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.» Marcos 5: 19.

El caso del hombre de quien se hace referencia aquí, es verdaderamente extraordinario: ocupa un lugar entre los hechos memorables de la vida de Cristo, tal vez tan prominente como cualquier otra cosa que haya sido registrada por cualquiera de los evangelistas. Este pobre desventurado, poseído por una legión de espíritus inmundos, había sido llevado a una condición peor que la locura. Tenía su morada en los sepulcros, donde permanecía de día y de noche, siendo el terror de todos los que pasaban por allí. Las autoridades habían tratado de ponerle freno; le habían atado con grillos y cadenas, pero en los paroxismos de su locura había destrozado las cadenas y desmenuzado los grillos. Habían intentado rehabilitarlo, pero nadie le podía dominar. Era peor que las bestias salvajes, pues ellas podían ser domadas; pero su fiera naturaleza no se sometía. Era una calamidad para consigo mismo, pues corría sobre los montes de día y de noche, dando voces y aullando pavorosamente, hiriéndose con piedras filosas y torturando su pobre cuerpo de la manera más terrible.

Jesucristo pasó por allí. Él dijo a la legión: «Sal de este hombre.» El hombre fue sanado al instante. Se arrodilló a los pies de Jesús. Se volvió un ser racional, un hombre inteligente, sí, y lo que es más, un hombre convertido al Señor. Por gratitud a su liberador, le dijo: «Señor, yo te seguiré dondequiera que vayas; seré tu constante compañero y tu siervo; permite que lo sea.» «No,» respondió Cristo, «aprecio tu motivo: es uno de gratitud hacia mí. Pero si quieres mostrar tu gratitud, ‘vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.»

Ahora, esto nos enseña una importante lección, es decir, que la verdadera religión no rompe los lazos de la relación familiar. La verdadera religión raramente se inmiscuye en esa sagrada y casi diría divina institución, llamada hogar; no separa a los hombres de sus familias, enajenándolos de su carne y su sangre. La superstición ha hecho eso. Una terrible superstición, que se llama a sí misma cristianismo, ha separado a los hombres de sus semejantes. Pero la verdadera religión nunca ha pedido eso. Vamos, si se me permitiera hacerlo, buscaría al ermitaño en su solitaria caverna, iría a él y le diría: «amigo, si eres lo que profesas ser, un verdadero siervo del Dios vivo, y no un hipócrita, como adivino que eres; si eres un verdadero creyente en Cristo y quieres mostrar lo que Él ha hecho por ti, vuelca ese cántaro, come el último mendrugo de tu pan, abandona esta funesta cueva, lava tu cara, desata tu cinto de hilo de cáñamo; y si quieres mostrar tu gratitud, vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo. ¿Acaso puedes tú edificar a las hojas secas del bosque? ¿Pueden las bestias adorar a ese Dios al que tu gratitud debe esforzarse por honrar? ¿Acaso esperas convertir estas rocas, y convencer a los ecos que canten? No, regresa; mora con tus amigos, recupera tu relación con los hombres y únete otra vez a tus compañeros, pues esta la manera aprobada por Cristo de mostrar gratitud.»

Y yo iría a cada monasterio y a cada convento de monjas y les diría a los monjes: «¡salgan, hermanos, salgan! Si son lo que dicen ser, siervos de Dios, váyanse a su casa, a los suyos. ¡Olvídense de esta absurda disciplina; no es el mandamiento de Cristo; están haciendo las cosas de manera diferente a como Él las quiere; váyanse a casa, a los suyos!» Y a las hermanas de la misericordia les diríamos: «sean hermanas de misericordia para sus propias hermanas; váyanse a casa, a los suyos; cuiden a sus ancianos padres; conviertan sus propias casas en conventos; no se queden aquí alimentando su orgullo y desobedeciendo el mandato de Cristo, que dice: «váyanse a casa, a los suyos.» «Vete a casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.» El amor a una vida solitaria y ascética, que es considerada por algunos como una virtud divina, no es ni más ni menos que una enfermedad de la mente. En la época en que había muy poca caridad, y por consiguiente pocas manos que construyeran asilos de locos, la superstición compensaba esa falta de asilos permitiendo a hombres y mujeres insensatos que se entregaran a sus caprichos en solitarias guaridas o en descuidada pereza. Young ha dicho con toda verdad:

«Los primeros síntomas seguros de una mente saludable
Son el descanso del corazón y el placer encontrado en casa.»

Eviten, amigos míos, sobre todas las cosas, esos conceptos románticos y absurdos de la virtud, que son la progenie de la superstición y los enemigos de la justicia. Mantengan siempre el afecto natural, y amen a aquellos que están ligados a ustedes por vínculos naturales.

La verdadera religión no puede ser inconsistente con la naturaleza. No puede requerir nunca que me abstenga de llorar cuando se muere mi amigo. «Jesús lloró.» No puede negarme el privilegio de una sonrisa, cuando la Providencia me mira de manera favorable, pues una vez «En aquella misma hora Jesús se regocijó en el Espíritu, y dijo: Yo te alabo, oh Padre.» No conduce al hombre a decir a su padre y a su madre, «ya no soy más su hijo.» Eso no es el cristianismo, sino algo peor de lo que harían las bestias, que nos llevaría a un rompimiento completo con nuestros semejantes, a caminar en medio de ellos como si no tuviésemos ningún parentesco con ellos. A todos los que opinan que una vida solitaria debe ser una vida de piedad, yo les diría: «es el más grande engaño.» A todos los que piensan que quienes rompen los vínculos de relación deben ser buenas personas, digámosles: «los que mantienen esos vínculos son los mejores.» El cristianismo hace al esposo un mejor esposo, y a la esposa una mejor esposa de lo que antes eran. No me libera de mis deberes como hijo; me hace un mejor hijo, y a mis padres los hace mejores padres. En vez de debilitar mi amor, me da una razón renovada para fortalecer mi afecto; y a quien antes amaba como mi padre, ahora le amo como mi hermano y colaborador en Cristo Jesús; y a quien reverenciaba como mi madre, ahora la amo como mi hermana en el pacto de gracia, hermana mía para siempre en el estado venidero. ¡Oh!, nadie debe suponer que el cristianismo interfiere en los hogares; tiene el objetivo de fortalecerlos, y hacerlos baluartes que ni la misma muerte puede separar, pues los liga en un vínculo de vida con el Señor su Dios, y reúne a los varios individuos al otro lado del río.

Ahora, voy a decirles por qué elegí este texto. Pensé para mí: hay una gran cantidad de jóvenes que siempre viene para oírme predicar; siempre se apretujan en los pasillos de mi capilla, y muchos de ellos han sido convertidos a Dios. Ahora se aproxima otra vez el día de Navidad, y ellos irán a casa a ver a los suyos. Cuando lleguen a casa querrán cantar un villancico de Navidad en la noche; quisiera sugerirles uno, en especial a quienes han sido convertidos recientemente. Les daré un tema para su discurso en la noche de Navidad; podrá no ser tan divertido como «El Naufragio del María de Oro,» (1) pero será igual de interesante para el pueblo cristiano. El tema será este: «Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho con sus almas, y cómo ha tenido misericordia de ustedes.»

En mi opinión, desearía que hubiesen veinte Navidades en el año. Muy raras veces los jóvenes pueden reunirse con los suyos: Raramente pueden estar unidos como felices familias: Y aunque no guardo ningún respeto por la observancia religiosa de ese día, lo amo como una institución familiar.

como uno de los días más brillantes de Inglaterra, el gran Día de reposo del año, cuando el arado descansa en el surco, cuando el estrépito de los negocios guarda silencio, cuando el mecánico y el obrero salen a refrescarse sobre el verde césped de la tierra alegre. Si algunos de ustedes son jefes, discúlpenme la divagación, muy respetuosamente les pido que paguen a sus empleados los mismos salarios en el día de Navidad como si trabajasen. Estoy seguro que alegrarán sus casas si lo hacen así. Es injusto que la única opción que tengan sea o festejar o ayunar, a menos que les den el dinero necesario para que festejen y se alegren en ese día de gozo.

Pero ahora vamos a nuestro tema. Vamos a casa para ver a los nuestros, y esta es la historia que algunos de nosotros tenemos que contar. «Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.» Primero, tenemos aquí lo que deben decir; luego, en segundo lugar, por qué deben decirlo; y después, en tercer lugar, cómo deben decirlo.

I. Primero, entonces, TENEMOS AQUÍ LO QUE DEBEN DECIR. Debe ser una historia basada en la propia experiencia. «Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.» No deben ir a sus hogares y comenzar a predicar sin dilación. No se les ordena que hagan eso. No deben comenzar a seleccionar temas doctrinales para exponerlos, esforzándose por convencer a las personas sobre sus puntos de vista y sentimientos peculiares. No deben ir a casa con diversas doctrinas aprendidas recientemente, para tratar de enseñarlas. Al menos, no se les ordena que hagan eso; pueden hacerlo, si quieren, y nadie se les opondrá; pero deben ir a casa y decir, no lo que han creído, sino lo que han sentido: lo que ustedes verdaderamente saben que les pertenece; no las grandes cosas sobre las que han leído, sino las grandes cosas que el Señor ha hecho por ustedes; no únicamente los que han visto que se ha obrado en la gran congregación, y cómo grandes pecadores se han vuelto a Dios, sino lo que el Señor ha hecho por ustedes. Y observen esto: nunca hay una historia más interesante que aquella que un hombre relata acerca de sí mismo.

‘La Balada del Viejo Marinero’ (2), genera mucho de su interés porque el hombre que la contó era, él mismo, un marinero. Ese hombre, cuyo dedo era huesudo como el dedo de la muerte, se sentó y comenzó a relatar la lúgubre historia del barco en alta mar en medio de una gran calma, cuando cosas viscosas en verdad arrastraban sus patas en el brillante mar. El invitado de la boda estaba muy quieto, escuchando atentamente, pues el viejo era en sí mismo una historia. Siempre se genera un gran interés por una narrativa personal. Virgilio, el poeta, sabía esto y por ello, sabiamente, hace que Eneas relate su propia historia, y hace que la comience diciendo, «en lo que yo mismo tuve gran participación.» Entonces, si quieren interesar a sus amigos, cuéntenles lo que ustedes mismos sintieron. Cuéntenles cómo ustedes fueron una vez abandonados pecadores perdidos, cómo el Señor los encontró, cómo doblaron sus rodillas, y derramaron su alma delante de Dios, y cómo al final saltaron de gozo pues estaban seguros que le oyeron decir interiormente: «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo.» Cuenten a sus amigos una historia basada en su propia experiencia personal.

Noten, a continuación, que debe ser una historia de gracia inmerecida. No dice: «cuenta a los tuyos cuán grandes cosas has hecho tú mismo,» sino «cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo.» El hombre que siempre está convencido del libre albedrío y del poder de la criatura, y niega las doctrinas de la gracia, invariablemente mezcla mucho de lo que él mismo ha hecho, cuando cuenta su experiencia; pero el creyente en la gracia soberana, que sostiene las grandiosas verdades cardinales del Evangelio, ignora esto, y declara: «contaré lo que el Señor ha hecho conmigo. Es verdad que debo contarles primero cómo fui inicialmente conducido a orar; pero lo contaré así:

«La gracia enseñó a mi alma a orar,
La gracia hizo que mis ojos se inundaran.»

Es verdad que debo contarles en cuántas aflicciones y pruebas Dios ha estado conmigo; pero lo contaré así:

«La gracia me ha guardado hasta este día,
Y no me abandonará.»

Aunque sean tan malos, son los tuyos. Algunos veces me reúno con jóvenes que quieren ser miembros de la iglesia. Cuando les pregunto acerca de su padre, me responden: «oh, señor, me he separado de mi padre.» Entonces yo les digo: «joven, debes ir y ver a tu padre antes de que yo trate algo contigo; si sientes antipatía por tu padre y tu madre, yo no te recibiré en la iglesia; aunque sean muy malos, son tus padres.» Vete a tu casa, con ellos, y cuéntales, no para alegrarlos, pues muy probablemente estén enojados contigo; pero cuéntales para la salvación de sus almas. Yo espero que, cuando estés contando la historia de lo que Dios hizo por ti, sean conducidos por el Espíritu a anhelar la misma misericordia para ellos. Pero te daré un consejo. No cuentes esta historia a tus amigos impíos cuando estén todos reunidos, pues se reirán de ti. Tómalos uno a uno, cuando te puedas reunir con cada uno a solas, y comienza a contarles la historia, y te oirán seriamente.

dándoles temas para himnos, encontrándoles el material para la trama y la urdimbre de sonetos celestiales. «Vete a tu casa,» dirá Él pronto, «vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti.» Espera un momento; espera lo que Él quiera, y pronto serás reunido en la tierra del más allá, en el hogar de los benditos, donde la felicidad sin fin será tu porción. ¡Que Dios nos conceda una bendición, por Su nombre!

Notas del traductor:

(1)The Wreck of the Golden Mary. Un cuento escrito por Charles Dickens en el que un barco choca con un iceberg, con funestas consecuencias. La historia ocurre en el tiempo de Navidad.
(2)The Rhyme of the Ancient Mariner. Un poema largo escrito por Samuel Taylor Coleridge.

Fuente:www.spurgeon.com.mx/sermon109.html